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Eleonora Molina
01 de noviembre de 2025
El 25 de octubre fue mi cumpleaños.
Esa noche abrí las puertas de mi casa, puse música, preparé comida, armé una mesa con flores frescas y copas.
Llegaron amigos, algunos con vino, con regalos… otros con risas, otros con historias para ponerse al día. Y, como siempre pasa cuando la energía es buena, todo se fue dando solo.
Esa noche entendí algo que hacía tiempo venía pensando: la generosidad empieza por casa.
No se trata de la vajilla perfecta, ni del menú de cinco pasos, ni de la casa impecable. Ser anfitrión no es una performance, es un acto de amor. Es recibir con alegría, dejar espacio para que cada uno se sienta cómodo, hacer del encuentro algo genuino.
Creo que hay algo profundamente humano en abrir las puertas de un hogar.
En ofrecer una comida que uno mismo preparó, en servir una copa con cuidado, en elegir una canción pensando en quien la va a escuchar. Es una forma de decir: “te esperé”, “me alegra que estés acá”.
La generosidad no tiene que ver con la abundancia material, sino con la abundancia interior.
Con dar tiempo, atención, presencia. Con mirar a los demás desde la gratitud y no desde la comparación.
Ser anfitriona, para mí, es una manera de cuidar.
De celebrar lo que tenemos, de agradecer lo vivido, de invitar a otros a compartir eso que nos hace bien.
Porque al final, la verdadera elegancia está ahí: en hacer que los demás se sientan bienvenidos.
Y cuando una casa vibra con generosidad, no importa el tamaño del espacio, ni las copas desparejas.
Lo importante es que haya algo que no se compra ni se aprende: el deseo sincero de compartir.





