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Eleonora Molina
15 de octubre de 2025
Vivimos apurados. Aunque no haya urgencia, siempre hay algo que parece faltar. Todo sucede demasiado rápido: los mensajes, las decisiones, los días.
Byung-Chul Han lo llama “la sociedad del rendimiento”, esa en la que el cansancio no viene del esfuerzo físico, sino de la presión por ser productivos incluso en los momentos de descanso. Y en medio de esa velocidad constante, la lentitud se vuelve un acto de resistencia.
Ir más lento no es hacer menos. Es hacerlo mejor.
Es poder mirar una casa sin pensar enseguida en su valor por metro cuadrado, sino en la luz que entra a las cuatro de la tarde, en el sonido del piso al caminar, en cómo huele el aire cuando se abre una ventana.
El slow living no es una moda ni una técnica. Es una forma de estar en el mundo.
De volver a cocinar sin multitasking, de leer sin mirar el reloj, de elegir una lámpara no porque esté en tendencia, sino porque nos transmite calma.
Cuando dejamos espacio para la pausa, las cosas recobran sentido.
Y ahí, en ese silencio donde nada apura, aparece la belleza de lo simple: el tiempo que se estira, la atención que se afina, la vida que por fin se siente habitable.
Quizás vivir bien sea eso: aprender a demorarse.





