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Eleonora Molina
10 de noviembre de 2025
Cada vez que voy a grabar o a hacer fotos de una propiedad, llevo flores. A veces un ramo de jazmines, otras una rama de olivo o quizás un ramito de margaritas. Nunca lo pienso demasiado. Es un gesto que ya me sale natural.
Me gusta llegar, abrir las ventanas, dejar que entre la luz y poner un jarrón con agua fresca. Enseguida el ambiente cambia. Se vuelve más amable, más vivo. Es como si las flores recordaran que ahí puede volver a pasar la vida.
Hace poco leí un estudio de la Universidad de Georgia que comprobaba algo que, en el fondo, todos sabemos: las flores hacen bien. Reducen el estrés, mejoran el ánimo, nos conectan con algo esencial. No es solo una cuestión estética; es emocional. Las flores transforman los espacios y también a las personas que los habitan.
En mi trabajo, muchas veces entro a casas vacías. Lugares que esperan volver a tener movimiento, voces, historias. Cuando llevo flores, siento que les devuelvo algo de esa energía. Es mi manera de agradecer, de poner presencia, de hacer que ese espacio se sienta nuevamente habitado, aunque sea por un rato.
Las flores también hablan. Dicen acá hay belleza, acá hay cuidado, acá alguien pensó en vos… Son un recordatorio de lo simple y lo profundo: que no hace falta mucho para generar bienestar, solo atención y ternura.
Tal vez por eso me gusta tanto este ritual. Porque más allá de las fotos, de los videos o de la venta, llevar flores es una forma de honrar el alma de cada casa. De reconocer que detrás de cada propiedad hay un tiempo, una historia y una posibilidad de empezar de nuevo.
Y eso, creo, es lo más lindo de mi trabajo: ver cómo, a veces, un pequeño ramo puede cambiarlo todo.




